Hay algo peor que descubrir una avería grave.
Descubrirla y que el vendedor desaparezca.
Llamas.
No responde.
Escribes.
No responde.
Envías un mensaje educado.
Silencio.
Otro más.
Silencio.
Y poco a poco empiezas a entender que no es casualidad.
Que no está ocupado.
Que no está de viaje.
Que simplemente ha decidido no hablar contigo.
Es una situación muy común.
Y genera una reacción emocional muy intensa.
Porque la mayoría de las personas no esperan una solución inmediata.
Lo que esperan es una conversación.
Una explicación.
Un mínimo de responsabilidad.
Cuando eso no ocurre, la sensación de engaño se multiplica.
Empiezas a preguntarte si todo fue una representación.
Si las promesas eran falsas.
Si las buenas palabras desaparecieron en cuanto recibió el dinero.
Y cuanto más silencio encuentras, más sospechas aparecen.
Lo curioso es que muchas veces el silencio perjudica al vendedor más que cualquier respuesta.
Porque transmite una idea muy concreta.
La idea de que no quiere enfrentarse a la situación.
La idea de que sabe que existe un problema.
La idea de que no tiene argumentos.
No siempre es así.
Pero es lo que percibe quien está al otro lado.
Y esa percepción importa.
Mucho.
Porque convierte una avería en algo personal.
Ya no estás luchando contra un problema mecánico.
Ahora también estás luchando contra la indiferencia.
Y pocas cosas generan más frustración que sentir que alguien te ignora cuando más necesitas respuestas.
El diagnóstico de Carlos: Al WhatsApp de un particular se le puede ignorar, pero a un burofax certificado firmado por un abogado especializado no se le puede dar la espalda tan fácilmente sin sufrir consecuencias en el juzgado. Si el vendedor ha decidido desaparecer, ha cometido su peor error estratégico. Cuéntamelo en el formulario y haremos que rompa su silencio de forma oficial.